El cofundador de Anthropic, Chris Olah, participó en el Vaticano durante la presentación de la encíclica Magnifica humanitas, publicada por el papa León XIV el 25 de mayo de 2026. El documento analiza cómo proteger a las personas en una época marcada por la inteligencia artificial.
En su intervención, Olah reconoció que las empresas de IA están sometidas a presiones comerciales, geopolíticas y competitivas. Por eso, defendió que la conversación no puede quedar únicamente en manos de los laboratorios que desarrollan estos sistemas.
La IA no es una tecnología que comprendamos por completo
Olah explicó que los modelos de inteligencia artificial no se construyen como un avión o un puente. En esos casos, los ingenieros diseñan cada pieza y pueden describir con bastante precisión cómo funciona el conjunto.
Los modelos de IA, en cambio, se entrenan a partir de enormes cantidades de textos y otros datos humanos. Su estructura está inspirada de forma general en el cerebro, pero el resultado puede desarrollar capacidades y comportamientos que incluso sus creadores no comprenden por completo.
Para explicarlo de manera sencilla, Olah comparó estos sistemas con personajes ficticios que cobran vida. Ya no solo aparecen en una novela o una película: ahora pueden conversar, realizar tareas y participar en actividades que antes estaban reservadas a las personas.
La tecnología puede construirse con matemáticas, programación y ciencia. Pero decidir qué carácter debe tener y cómo debe relacionarse con la sociedad también es una tarea de la filosofía, la religión, las humanidades y la ciudadanía.
¿Quién debería decidir qué significa una IA responsable? Para Olah, la respuesta no puede limitarse a los equipos técnicos ni a los ejecutivos de las compañías.
Tres preguntas para orientar el futuro de la IA
Durante su discurso, el cofundador de Anthropic señaló tres áreas en las que considera necesaria una conversación social más amplia.
1. ¿Qué ocurrirá con las personas más vulnerables?
Olah advirtió que la IA podría desplazar una gran cantidad de empleos. Si ese escenario se materializa, ayudar a quienes pierdan su fuente de ingresos sería una responsabilidad de enormes dimensiones.
Pero también planteó un problema más amplio: el desarrollo de la IA está concentrado en un pequeño grupo de países ricos. Todavía no existe un mecanismo claro para garantizar que sus beneficios lleguen de forma justa al resto del mundo.
La pregunta no es solo quién tendrá acceso a estas herramientas, sino quién controlará los recursos, las oportunidades y la riqueza que produzcan. Para Olah, la Iglesia y otras instituciones con experiencia en asuntos sociales deben insistir en este debate.
2. ¿Cómo se verá una vida humana plena con IA?
La expansión de estos sistemas ya genera inquietudes en familias, escuelas y lugares de trabajo. Muchos padres se preguntan qué efecto tendrán en la atención y el aprendizaje de sus hijos. Otros temen que sus habilidades dejen de ser necesarias.
Olah sostuvo que un laboratorio tecnológico no puede responder por sí solo qué significa que una familia, una comunidad o una sociedad florezca. Esa conversación requiere la participación de educadores, filósofos, líderes religiosos, gobiernos y ciudadanos.
La cuestión central no debería ser únicamente cuánto puede hacer una IA. También debemos preguntarnos qué queremos seguir haciendo nosotros y qué condiciones necesitamos para vivir con propósito.
3. ¿Qué sucede dentro de estos modelos?
Como investigador de la estructura interna de los sistemas de IA, Olah afirmó que su equipo encuentra patrones complejos y difíciles de interpretar. Mencionó estructuras que recuerdan algunos resultados de la neurociencia humana, además de señales que describió como parecidas a la introspección.
También habló de estados internos que, desde una perspectiva funcional, podrían parecerse a la alegría, la satisfacción, el miedo, el duelo o la inquietud. Sin embargo, aclaró que no sabe qué significan realmente esos hallazgos.
Es importante leer esta afirmación con cuidado. Olah no dijo que los modelos tengan emociones humanas demostradas. Su punto es que todavía existen interrogantes científicos y filosóficos suficientes para justificar una investigación constante y una deliberación ética seria.
La crítica externa puede mejorar a los laboratorios
Uno de los mensajes más relevantes del discurso fue su reconocimiento de que las empresas de IA no pueden evaluarse a sí mismas de manera aislada. Sus objetivos comerciales y su competencia por mantenerse en la frontera tecnológica pueden influir en sus decisiones, incluso cuando sus equipos buscan actuar de buena fe.
Por eso, Olah pidió la participación de comunidades religiosas, organizaciones civiles, académicos, gobiernos y cualquier persona preocupada por el futuro. Según su visión, estos grupos deben observar lo que hacen los laboratorios, formular preguntas difíciles y señalar cuándo una compañía no está cumpliendo con sus responsabilidades.
La IA no necesita únicamente mejores modelos. También necesita mejores conversaciones, críticas independientes y reglas que no dependan de los incentivos de una sola industria.
La intervención en el Vaticano representa, según Anthropic, el inicio de una colaboración más amplia entre quienes construyen estas tecnologías y quienes pueden identificar riesgos que los desarrolladores no ven desde dentro. La inteligencia artificial ya está transformando el trabajo, la educación y la vida cotidiana. La discusión sobre su rumbo, por tanto, no puede esperar a que aparezcan respuestas perfectas.
Si la IA va a formar parte de la vida de millones de personas, decidir cómo debe desarrollarse es una responsabilidad colectiva. La pregunta no es si la sociedad participará en esa conversación, sino si lo hará a tiempo y con la suficiente honestidad.
Fuente original
https://www.anthropic.com/news/chris-olah-pope-leo-encyclical
